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martes, 26 de mayo de 2009

En Busca del Paraíso Blanco (Searching for the White Paradise)

La nieve cae desde la madrugada, ligera, fría y copiosa. Una abundante capa se acumula en la entrada a casa y el madrugón es obligado al día siguiente para disfrutar de la fabulosa sensación de deslizarse sobre nieve virgen.

Son las 7 de la mañana de un día de finales del mes de marzo de 2007. Preparo mi ropa y desayuno para salir a la calle. La temperatura fuera es fría, alrededor de los -10º C. Me abrigo con el pantalón de esquiar, una camiseta de invierno, un forro polar, braga, etc. Cojo mis gafas de ventisca pues sigue nevando con fuerza, y bajo al trastero a recoger mis esquís y botas.

Nada más salir de casa se deja sentir un intenso frío, pero lejos de hacerme desistir de mi intención, me anima a disfrutarlo. Así, calzo mis esquís junto a la salida de casa y enfilo hacia la primera pendiente. La nieve cruje bajo el peso de mis esquís y la sensación es ya desde el primer momento digna de ser vivida. Me deslizo en perpendicular a la pendiente de la ladera, acostumbrando mis movimientos y mecanismos de equilibrio al impresionante estado de la nieve recién caída. Imprimo velocidad a mis primeros movimientos e inicio un giro a derecha, balanceando mi peso sobre mi pierna izquierda. El giro es sencillo, pues el agarre es total. Aligero mi peso sobre la pierna derecha para facilitar la curva y encaro la pendiente, pues la enorme cantidad de nieve polvo no permite ganar excesiva velocidad. Acto seguido inicio un giro a izquierda. Clavo mi bastón izquierdo con un leve “toque” sobre la nieve, gesto que obliga a mi cuerpo a realizar el giro de forma perfecta. Clavo mi bastón derecho, izquierdo, de nuevo derecho, y alcanzo la zona baja de la ladera.

Decido parar un minuto para repasar las sensaciones recién experimentadas, pues así las sueño inolvidables, y tras contemplar la cortina de nieve que cae sobre mí, emprendo la subida a una nueva ladera, de forma oblicua, sin enfrentarme a la pendiente, de forma que mis pasos sean sencillos. Uno, dos, tres, cuatro pasos. Me detengo y miro a mi alrededor desde esta nueva posición de privilegio. Continúo ascendiendo y alcanzo la zona superior de la ladera.

Otra nueva pala se adivina frente a mí, entre las capas de nieve que caen frente a mis ojos, abiertos hacia un fondo tremendamente claro y difuminado. Todo es blanco ante mí, nieve y niebla fundidos en un mismo elemento. El frío sigue siendo intenso y la ventisca sacude mi rostro. Dejo caer la nieve de mis gafas e inicio el descenso, suave, con clavados alternativos de mis bastones, facilitando el enlace de giros y más giros, mordiendo la nieve fresca con mis esquís, y disfrutando del intenso frío que me hace sentir más vivo que nunca.

La nevada facilita mis movimientos y no permite errores en mi bajada. Enlazo una veintena de giros, y encaro finalmente la pendiente hasta llegar a la base de la ladera. Me detengo de nuevo, disfruto de la ceguedad que me invade, con grandes copos adheridos a mis gafas, a mi ropa y a mi rostro.

Respiro profundo, sonrío, dejo que mi cuerpo se cubra de un inmenso sentimiento de Felicidad en mayúsculas y me prometo disfrutar de estos momentos tanto como me sea posible. Así lo repito en los años 2008 y 2009. Así lo quiero vivir de nuevo en años venideros, soñando con nuevos inviernos, fríos y nivosos como el que acaba de abandonarnos, dejando tras de sí una sensación increíble de bienestar.

2 comentarios:

  1. Que pasada!
    Me encanta esa sensación cuando bajas a toda leche la montaña y sentirme tan pequeña pero tan grande a la vez rodeada de blanco...

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  2. Gracias por tu comentario y te felicito por tu excelente blog!

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